—¿Cómo... cómo te atreves? —balbuceó.
Le habría dado una bofetada si Gabriel no le estuviera
sujetando las muñecas.
—¿Repito la pregunta? —le desafió Whitfield—. Tengo más
motivos que tú para sospechar de ti. Te presentas en Harleyford House
casualmente en una noche de tormenta, salvas a Felicity de un borracho y te
conviertes en su sombra. Después te encuentro hurgando entre sus documentos en
el despacho de su padre, y ahora flirteas con Hamilton en tu tiempo libre.
Opino que Felicity estaría encantada de enterarse de esto.
—No oses amenazarme. No te importa lo que haga con mi
vida.
Las pupilas negras de Gabriel recorrieron sus facciones
endurecidas por la tensión. Se consideraba un hombre cabal, que jamás se dejaba
dominar por sus instintos, pero Lisa Callum sacaba siempre lo peor de él.
Mandó mentalmente a paseo los modales que le fueron
inculcados en la niñez, y sin pensarlo dos veces, la aplastó con su cuerpo y
musitó:
—No suelo compartir con nadie lo que considero mío.
Theresa levantó la vista, sorprendida. Notaba la
respiración agitada de Gabriel en su rostro, y su cercanía la hacía temblar
igual que un pudin inglés.
No podía moverse. Sabía que Whitfield no iba a soltarla.
Estaba demasiado enfadado.
Dio un
respingo al notar sus amplias manos agarrando su cintura. Los movimientos del
administrador eran rápidos y carentes de delicadeza. Tragó saliva cuando
escuchó la seductora voz de Gabriel susurrando en su oído:
—¿Por qué vienes a provocarme, Lisa? ¿No sabes que el que
juega con fuego acaba quemándose?
Y, dicho esto, le rozó el cuello con un fugaz beso.
—Gabriel... por favor... para.
Whitfield ignoró su ruego. La reacción de Lisa ante la
sospecha de que él y Felicity se entendían le dotó del valor que le faltaba
para decidirse a lanzarse a aquel precipicio sin fondo. Estaba... ¡celosa!
Rio de felicidad, sin apartarse de la pálida piel de la
musa inspiradora de sus fantasías. Aspiró su aroma y se embriagó con su
perfume. Al diablo con Hamilton. No perdería esta guerra.
Tess se retorció debajo de él, pretendiendo escapar de
las redes que había tejido con sus acusaciones, lo que hizo que Gabriel la
sujetara con fuerza. En un tratado acerca de las plantas carnívoras leyó que
cuanto más intentaba la víctima huir de su depredadora, más atrapada quedaba
entre sus fauces. Y ella estaba a punto de naufragar en las arenas movedizas de
los brazos del hombre que le había arrebatado el corazón.
Inconscientemente volvió la cara y buscó sus labios, para
saciarse de nuevo con la miel que destilaban sus besos. Whitfield la abrazó,
sucumbiendo a la vorágine de sensaciones que le producía su proximidad, y
aprisionó su boca con la suya, soltando un suspiro liberador.
Lanzó al suelo las horquillas del pelo de Theresa y
hundió sus dedos en los bucles de ébano, complacido al comprobar la suavidad de
aquella espléndida cabellera cayendo en cascada a lo largo de su espalda.
Desabrochó los primeros botones de su vestido, dejando al descubierto su
clavícula y parte de su pleno y maravilloso escote, y exploró con labios
famélicos aquel territorio sellado y oculto tras varias capas de ropa.
Quería tocarla, saborearla, sentirla... estampar su
huella indeleble en ese cuerpo menudo impidiendo así que pudiera pertenecer a
otro. Quería hacerle entender que había destruido toda posibilidad de
independencia, de vivir sin dar explicaciones y sin importarle lo que hiciera o
con quién durmiera todas las noches.
Anhelaba tener una eternidad a su disposición solo para
adorarla, y la revelación de lo que eso implicaba lo dejó aturdido, fuera de
combate, indefenso. Lisa Callum había absorbido su último atisbo de cordura al
aferrarse a él con total entrega.
Desde LecturAdictiva damos las gracias a Miranda Kellaway por la presentación.