domingo, 13 de noviembre de 2016

En rincón del escritor: Jane Hormuth nos presenta Descubrir a la señorita Townsend

Roselyn Townsend está decidida a recomponer su orgullo herido y su maltrecho corazón, devolviendo meses de humillación al vizconde de Deerhurst. Este la había seducido el año anterior llenando de ilusiones e hiriéndola con su pretensión de convertirla en su amante. Roselyn, una joven risueña e impulsiva,  recupera su carácter vivaz gracias a la ayuda de las amigas de su hermana. Unas mujeres expertas en el desamor llamadas Damas de Fuego. Sus mentoras la acompañarán en las veladas que se celebrarán en los distinguidos salones londinenses, pendientes de que su joven pupila no sólo repare su reputación sino que encuentre por fin el amor.
El señor FitzRoy, amigo de lord Deerhurst, suele ser invitado a los bailes organizados por sus clientes; en su mayoría aristócratas que contraen deudas con la casa de valores que gestiona su familia: los Rothschild. Huérfano de padre y madre, tiene bajo su cargo a su hermana menor. Por ella es capaz de complacer el capricho de su prima Hannah y participar de la vida social a pesar de sus orígenes hebreos y el rechazo de la sociedad hacia sus creencias. Su acuerdo con Roselyn Townsend se convertirá en una apuesta arriesgada cuando el amor y la atracción que surge entre ellos no entiendan ni de creencias, ni de dinero. Arthur FitzRoy no querrá repetir los mismos actos de su madre, mientras que Roselyn, impulsiva y enamorada, estará dispuesta a zarandear su mundo para arrastrarlo a una vida plena, llena de emociones. 


Ficha del libro





Los personajes nos hablan de la novela:

Arthur FitzRoy
Soy nieto de Nathan Mayer Rothschild. Un hebreo que se trasladó a Inglaterra a principios de siglo para extender la riqueza familiar. Pasada la mitad de siglo (XIX) los Rothschild presumimos de conservar una gran fortuna y poseer influencia en las altas esferas del reino. Me incluyo en esta familia a pesar de llevar otro apellido. Soy judío, vivo en Londres y cargo con el peso de la humillación que trajo mi madre a la familia, al enamorarse de mi padre: un católico. Mi implicación en la casa de valores de los Rothschild va en aumento a medida que mis tíos van aceptándonos de nuevo a mi hermana, Blanche, y a mí. Tras la muerte de mis padres mi único objetivo es que ella logre la felicidad bajo la aceptación de la familia materna.
Lidio a diario con el rechazo de los lores aunque estos no hacen otra cosa que contraer deudas con nuestro banco. Uno de nuestros clientes más importantes, sin contar a la corona británica, son los condes de Coventry. Su hijo, lord Deerhurst, parece querer tenerme cerca. Sé que su interés es más económico que amistoso pero de esta forma puedo ayudar al negocio familiar.
En una ocasión fui invitado a Croome Court, donde conocí a su hermana lady Florence y a la risueña señorita Townsend. Allí fui testigo de cómo el cortejo de Deerhurst hacia la joven se hizo evidente. Pocos invitados pudieron ignorar la ilusión que bailaba en la mirada de la joven y la lascivia en la del vizconde. Las apuestas comenzaron a crecer bajo una misma idea, que lord Deerhurst lograra llevársela a la cama. A pesar de criarme rodeado por la alta sociedad, nunca he compartido la frivolidad con la que suelen tratar a las personas y sus sentimientos. ¡Y luego se jactan diciendo que los judíos somos unos avaros, pendientes únicamente del dinero! Al menos nuestros contratos son transparentes, no como sus estratagemas.
Me alegré de que la joven Townsend se librara de las garras de Deerhurst, quedando su virtud a salvo. Claro que nadie pudo evitar la cacería que se produjo después. Todos quisieron probar suerte con la joven, sin plantearse en ningún momento en una proposición seria. Yo me mantengo al margen, el matrimonio entre los Rothschild es una costumbre de la que se encargan los mayores, por lo que no necesito andar pendiente del mercado matrimonial.
La señorita Townsend llegó a mi vida de forma indirecta, cada cual teníamos una ruta marcada en la que nuestros caminos no se cruzaban. Claro que, si por un momento te detienes a observarla, puedes intuir que bajo una fachada frívola y comedida, se esconde una mujer más activa de lo que se espera de ella, mucho más pasional y espontánea. Roselyn Townsend es mucho más que una mujer de belleza felina. Su rostro de piel blanca está salpicado por pecas producidas por el sol en la zona de la nariz. Sus pómulos altos realzan la intensidad de su mirada. El color de sus ojos es una atentica competición entre los colores ambarinos y verdosos. Su pelo, sigue una puja parecida, cuando se puede apreciar el tono castaño con hebras rubias, un brillo cobrizo refulge entre ellos, dejando al observador con la duda. Esa dualidad acompaña a la joven en cada gesto y en cada sonrisa que muestra. La señorita Townsend puede pasar de ser una joven cándida e crédula, a una mujer seductora y traviesa.
Recuerdo un encuentro, en un baile. Ella me ayudaba con mi prima Hannah y su presentación en sociedad, cuando se convirtió en la fiel defensora del amor de esta por el conde de Rosebery. La señorita Townsend sabía lo imposible de esta alianza matrimonial pero, a pesar de ello, tuvo el coraje de enfrentarse a mí. En la oscuridad del jardín atisbé a ver a una joven muy distinta de la que trataba de ser. Me habló del amor como nadie antes lo había hecho, sentí a través de sus ojos la tristeza de no ser correspondida y el sufrimiento que puede llevar a alguien a apagarse de por vida. Ella parecía hablar de su hermana, pero cuando sus ojos se posaron en los míos, hablaron de mucho más. Yo le tomé de la mano antes de que se alejara y ese contacto marcó un antes y un después. En plena noche, nuestras pieles intercambiaron todo tipo de sensaciones. Un ligero roce nos hizo ver lo vacía que podía llegar a estar nuestras vidas.
Nos distanciamos, convencidos de que lo nuestro sólo era una ilusión, pues el deber estaba por encima de nuestros corazones. 

***

Roselyn Townsend

Un aspecto destacado de mi persona es que soy la hermana de Lady Palmerstone. Este año ha sido muy intenso para ella, se ha recluido en Brocket Hall junto a su pequeño y no tiene fuerzas para presentarse en los salones londinenses. Sus amigas, lady Lambton y lady Barwick, se han convertido en mis tutoras. Ellas me acompañan a las veladas y me ayudan a llevar a cabo mi venganza. Si, puede resultar una idea un tanto violenta, pero estoy dispuesta a todo. Lord Deerhurst me ha humillado, me ha arrastrado a lo más bajo que puede caer una mujer. Cuando asisto a las fiestas que organiza la alta sociedad siento sus ojos puestos sobre mí, intuyo sus cuchicheos y tengo que hacer frente a los más osados que se acercan a mí para proponerme una vida de lujos a cambio de meterme en sus camas.
Sólo ocupa mi mente la venganza y para ello tengo que contar con el estirado del señor FitzRoy. Bueno, es así como lo vi en un principio, después de tener que llegar a un acuerdo me he dado cuenta que me irrita tanto como ganas me dan de refugiarme en sus brazos. Tiene unos ojos turquesas que parecen reírse del mundo, en especial de mí. Su pelo castaño se vuelve rubio en sus pestañas y me encanta cuando siento que ahonda en mi interior, intentando descubrir qué escondo. Su altura me apabulla en ocasiones pero siempre saca mi mal genio para que olvide todo y le plante cara. ¡Y como se divierte con eso! Es un hombre tan interesante y con una familia tan peculiar que no puedo dejar de pensar en él. En ocasiones creo que siente algo por mí, pero su autocontrol me desquicia pues me impide conocer sus verdaderos sentimientos.
Recuerdo una ocasión en la que lady Lambton lo invitó a una cena en su casa. Ambas ejercimos de anfitrionas. El objetivo de la velada era conquistar a Deerhurst para luego hacer que mordiera el polvo. El vizconde y yo nos encontrábamos en el vestíbulo cuando FitzRoy nos sorprendió. Sus ojos se clavaron en mí de una forma que me dejó aturdida. Me recriminaba la conducta que parecía estar teniendo, pero me era imposible confesarle la verdad del plan que llevaba a cabo. En aquel momento algo en mi interior me dijo que su opinión era importante para mí, que FitzRoy se estaba volviendo demasiado importante. Y eso era algo que no me podía permitir, no podía caer de nuevo en las garras del amor no correspondido.


Una escena para abrir el apetito:

FitzRoy terminó por pedirle que bailara con él tras meditar sobre las palabras de lady Lambton. Necesitaba la ayuda de una joven que se manejara bien en la alta sociedad, sin prejuicios y con espíritu solidario. La señorita Townsend parecía la idónea, aunque había algo en ella que le frenaba. No se creía del todo que fuera tan distinta del resto, seguía opinando que la joven era frívola e interesada por más vivencias que hubiera tenido. Y así continuó durante la velada mientras observaba cómo los caballeros reclamaban sus ansiados bailes. Él tampoco se libró de danzar con lady Lambton y lady Barwick. Cuando llegó el momento de reclamar el suyo seguía sin saber cómo abordarla.
Cuando Roselyn tomó el brazo que FitzRoy le tendía apenas reparó en él. Sus sentidos se pusieron en alerta al saber que Deerhurst los seguía de cerca. Había logrado mantenerse indiferente durante toda la noche sin dejar de situarse cerca de él, consciente en todo momento de sus miradas. Le quedaba una pieza por ocupar y no tenía con quién. Debía escabullirse antes de que diera con ella, de lo contrario no podría negarse. Por su actitud en la última hora, estaba más que decidido a toparse con ella.
Cuando se hubo ubicado frente a FitzRoy utilizó el espejo que se encontraba frente a ella colgado de la pared, para observar a su presa de forma indirecta. Efectivamente, Deerhurst le dedicaba escurridizas miradas a su espalda mientras se posicionaba con su pareja de baile cerca de ellos. Disimuló una sonrisa de satisfacción. FitzRoy sintió curiosidad por lo que la joven parecía encontrar interesante en el espejo, deduciendo que lo utilizaba como método para ver sin ser vista. Pequeña, no me engañas, dijo para sí algo molesto al no ser el centro de atención de la joven. Su indiferencia comenzaba a dañar su orgullo varonil.
—Si le apetece saber qué hace lord Deerhurst en estos momentos estaré encantado de narrárselo, si por el contrario solo se trata de vanidad puede continuar mirándose en el espejo.
—No sé de qué me habla. —Roselyn dio un respingo al saberse sorprendida y fulminó con la mirada al hombre que se burlaba de ella.
—De nada importante, señorita Townsend —contestó con frialdad FitzRoy.
En el instante siguiente la melodía comenzó y él la tomó sin gentileza de la cintura, acercándola a él más de lo que las normas indicaban. Sus ojos clavados en los de ella mantenían un brillo burlón que enfurecía por momentos a la joven. Roselyn decidió ignorarlo sin poder evitar endurecer su mandíbula y aletear su nariz.
A lo lejos, tanto lady Lambton como lady Barwick paseaban alrededor de la pista de baile sin quitarles el ojo de encima.
—¿FitzRoy?—preguntó con cierto desdén Regina.
—Ajá, fíjate en ellos, hacen una pareja espectacular.
—Es judío y banquero, solo te fijas en la parte económica—se quejó Regina.
—El dinero lo tiene sus tíos —replicó Bárbara sonriendo ante las especulaciones de su amiga—. Creo que tienen mucho en común. Ambos se han hecho a sí mismos.
—Deberíamos buscarle a alguien que se enamore de ella tanto como ella de él; y por lo que veo nuestra Roselyn apenas le hace caso.
—FitzRoy es un caballero, me he dado cuenta de cómo la mira como para asegurarme de que puede llegar a amarla—continuó argumentando—.En cuanto a Roselyn, es normal que no le preste atención, está demasiado concentrada en su venganza.
—Y tanto que sí. ¡Virgen santa, creo que acabará con Deerhurst antes de lo que creíamos!
Regina se divertía al presenciar los vanos intentos del vizconde por forzar un encuentro con Roselyn y sonreía encantada al observar cómo su pupila se las ingeniaba para ignorarle. Las damas rieron mientras seguían urdiendo un plan para buscar un buen partido para Roselyn. Habían fingido aceptar la intención de la joven de sacrificar el amor a favor de una buena fortuna. Ellas, conocedoras del sufrimiento que se llegaba a padecer con un matrimonio sin amor, no le deseaban lo mismo a Roselyn. Como expertas confabuladoras no la contradijeron en ningún momento, habiendo decidido encontrarle un hombre que la hiciera feliz al margen de los deseos de la joven.
Roselyn, tras dar varias vueltas entre los brazos de FitzRoy, comenzó a tomar consciencia de su persona como hombre. No pudo evitar comprobar que era más alto de lo habitual, de complexión atlética, hombros anchos y movimientos elegantes. Tuvo que reconocer que FitzRoy ganaba en las distancias cortas y se preguntó por qué no había recaído antes en el azul de su mirada. Cuando volviera a hablar con Florence sobre su posible prometido le advertiría sobre sus cualidades físicas. Pensando para sí, se dijo que era mejor casarse con un hombre apuesto al que no se quería, que con uno feo. La voz de FitzRoy frenó el rumbo de sus prácticos pensamientos. La música había finalizado y la acercaba a sus tías.
—¿Lo he hecho bien? —preguntó con fría sorna.
—¿El qué? —preguntó confundida.
—Mantenernos cerca de Deerhurst durante todo el baile.
Su primera reacción fue insultarle, pero su despiste le advirtió de que no había prestado atención a Deerhurst. Giró la cabeza en busca de la figura del vizconde hallándolo con la mirada puesta en ella tras dejar a su acompañante con sus familiares. Sus pasos decididos iban en su busca. La alarma la urgió a agarrarse del brazo de FitzRoy y susurrarle con apremio:
—¿Sería tan amable de llevarme a tomar un refrigerio? De tanto bailar me ha entrado sed. —Mantenía el paso sereno pero sus ojos volvían una y otra vez a Deerhurst, y FitzRoy captó el mensaje.
—¿Qué sucede, acaso está huyendo?
—¿Me acompañará? —insistió la joven haciendo caso omiso de sus irritantes preguntas.
—A mis favores siempre les acompaña el cobro de intereses.
Cual prostituta, pensó Roselyn para sus adentros. En la escuela había pulido sus respuestas tan fuera de lugar y obscenas. FitzRoy sonrió abiertamente tras ser fulminado por la gata colgada de su brazo. Aceptó ayudarla colocando una mano en su espalda e introduciéndola entre la multitud. Una vez Deerhurst les perdió de vista, buscaron la sala de los refrigerios. FitzRoy pensó que era buen momento para plantearle su petición.
—Gracias señor FitzRoy, mis pies apenas me permiten dar un paso más. —Roselyn supo que debía alejar cualquier sospecha del presuntuoso banquero, así pues sonrió con dulzura—. Ha sido muy amable al ayudarme a salir del salón.
—Yo hubiera jurado que intentaba escabullirse de las atenciones de lord Deerhurst.
Cansada de sus provocaciones y decidida a no confesar la verdad optó por hacerse la estúpida.
—Señor, ¿qué ha sucedido para que usted no deje de hacer referencias a lord Deerhurst? —preguntó con inocencia cuya mueca en FitzRoy le hizo saber que no lo engañaba—. Hasta que usted no lo ha mencionado no me había dado cuenta de su presencia en la pista, yo simplemente me aseguraba de que presentaba una imagen impecable mirándome en el espejo. Ya sabe, las vueltas pueden soltar las horquillas. —Se encogió de hombros con inocencia creyendo que su explicación era más que suficiente.
Si continuaba insistiendo demostraría una falta de educación que no se podía permitir en sus circunstancias, se advirtió Roselyn, tomando un sorbo del ponche que le había servido el caballero. Estaba enfadada por la actitud de aquel hombre, tan pagado de sí mismo que no dudaba en importunarla. Se dijo que soportar su presencia era un mal menor antes que caer en la tentación de bailar con Deerhurst.
FitzRoy se dio por vencido pues tampoco le importaba qué argucias casamenteras estaba llevando a cabo la joven.
—Ahora que nos encontramos en un lugar más tranquilo, me gustaría hablarle de un asunto en el que podría ayudarme.
—¿Yo? —Roselyn dejó a medio camino el vaso de ponche al verse sorprendida por sus palabras.
—Sí, verá, mi tío Amschel Rothschild me ha pedido que introduzca a mi prima Hannah en los círculos sociales de Londres. —Por primera vez tenía toda la atención de la señorita Townsend puesta en él. Su mirada abierta, cargada de curiosidad le hizo sentirse incómodo—. He pensado que usted podría ayudarla al ver cómo se desenvuelve entre toda esta gente.
—¿Y por qué no lo hace usted? Tiene amistades influyentes.—Roselyn comenzó a impacientarse.
Aquel hombre le parecía aburrido, impertinente y con ocurrencias absurdas.
—Mi prima se ha criado en un entorno demasiado protegido—comenzó a explicarse—, aunque ha recibido muy buena educación, necesita de la guía femenina para poder integrarse entre los nobles como es debido. Mi tía es una mujer enfermiza y apenas se relaciona en estos círculos. Después de ver cómo se pasea por los salones he considerado que es idónea para orientar a mi prima. Creo que mi tío estaría interesado en que Hannah se relacionara con los nobles de este país.
El enfado comenzó a hervir dentro de Roselyn. ¿Aquel petulante la creía una cazafortunas e intentaba convencerla de que le consiguiera un marido a su insípida prima? Se preguntó con enfado Roselyn.
—¿Me está llamando cazafortunas?—Roselyn dejó el vaso sobre la mesa cercana con poca delicadeza y se irguió en toda su estatura.
FitzRoy entendió que había derribado la digna y contenida fachada de la señorita Townsend, y sin saber por qué le divirtió, haciendo que el brillo burlón en su mirada aumentara la furia de la joven.
—Creo que es lo que lleva haciendo desde que la conozco —contestó sin tapujos creyendo que debería ser sincera antes que estar fingiendo ser lo que no era.
Él era un hombre práctico y no podía andarse con rodeos cuando la temporada hacía semanas que había comenzado.
—Usted y todas las jóvenes casaderas.
FitzRoy evitó sonreír ante la contención del mal genio de la joven. Sabía que de un momento a otro se lanzaría sobre él para arañarle cual fiera.
—No entiendo el motivo de su enfado.
Roselyn tuvo que bajar la mirada, recordarse dónde se encontraba y mantener su mal genio bajo control. Inspiró hondo. Cuando clavó su mirada en el odioso señor FitzRoy volvía a ser la joven fría y contenida de antes. Su apretada mandíbula y la ira en su mirada fue lo único que la delataba cuando contestó:
—No tengo por qué ayudar a una joven que estoy segura que es tan impertinente y malcriada como usted, agarrada a las faldas de las niñeras, incapaz de salir al mundo y relacionarse como una más. —Se acercó más de lo establecido para evitar elevar la voz asegurándose de que le oía bien—. Si me considera una cazafortunas puede irse al infierno.
FitzRoy reconoció que la sutileza no era su fuerte, pero tampoco le gustaba escuchar hablar mal de su familia. La joven que tenía ante sí le provocaba en todos los aspectos, haciendo que se comportara y dijera cosas que no pensaba.
—¿Entonces cómo llama a lo que lleva haciendo toda la noche?
—Supongo que he hecho lo mismo que usted, señor FitzRoy. —Roselyn se envaró de nuevo sin amedrentarse por la altura del hombre—. Me codeo con los nobles de este país, disfruto de los lujos y fiestas que ofrecen mientras me divierto conociendo a todo tipo de personas. Entre ellas a hombres insufribles que la buena educación me obliga a tener que soportar. —Le recorrió con la mirada cruzándose de brazos para que no le quedara duda de qué tipo de hombre era para ella—. Si en estas veladas, tengo el placer de conocer a mi futuro marido será una cosa a favor. Yo al menos no voy detrás del hijo de un conde esperando ser aceptado por su grupo de amigos, ni pretendo a ninguna joven con la intención de que su nobiliaria familia me abra las puertas; y mucho menos le pido a nadie que me ayude con un familiar por miedo a que se dé cuenta de que sigo siendo un marginado y nadie me vea como a un igual.
Roselyn se sintió satisfecha al ver cómo sus palabras habían ensombrecido el rostro del petulante. FitzRoy le mantuvo la mirada sintiendo el escozor de una bofetada invisible. La había infravalorado, era una mujer de carácter que sabía defenderse a la perfección. Su respuesta no se hizo esperar, siendo fulminante e implacable:
—Yo al menos no confundo lo que es ser amado con ser deseado, ni acepto las atenciones de un conde creyendo cual estúpida que serán honorables. Yo al menos sé dónde está mi lugar. A usted por el contrario han de recordárselo de vez en cuando, pues si piensa que Deerhurst cambiará de opinión con respecto a usted, es que no tiene ni idea de cómo funciona la mente de su aristocrático caballero.
Roselyn pestañeó varias veces para evitar que lágrimas de indignación se derramaran. La rabia que aquel hombre le provocaba le permitió alzar la barbilla, descargar todo su odio a través de su mirada y susurrar:
—Buenas noches señor FitzRoy.

 Desde LecturAdictiva damos las gracias a Jane Hormuth por la presentación.





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