Cuando se
acercó al plató, Connor estaba haciendo fotografías a Showalter. El modelo
estaba sentado en un sofá, leyendo un periódico. Isolda se fijó en que estaba
posando, aunque ni siquiera lo hacía de forma consciente. Solo estaba ahí,
recostado de forma natural entre los brazos del mueble, haciendo algo muy
normal. Y aun así, advirtió algo sensual y severo en su postura. Showalter le
pareció inflexible y estricto, una persona a la que dirigirse siempre de forma
correcta para evitar recibir una mirada despiadada de sus ojos grises. Más que
un hombre sentado en un decorado que Connor había preparado, le parecía un
príncipe con un lado oscuro. Observó entonces su ropa con más atención, los
pantalones negros con la raya perfecta y la almidonada camisa blanca, impoluta.
Los tirantes, oscuros como correas de cuero. Transmitía elegancia, seguridad y
disciplina.
Le costó
un gran esfuerzo apartar los ojos de la figura de Showalter y, cuando lo hizo,
sus ojos recayeron en el resto del mobiliario que formaba parte del decorado.
Había un diván de cuero y las paredes estaban empapeladas de negro. Isolda se
estremeció de forma violenta y a su memoria acudió otra vez la fotografía, la
imagen que no había dejado de flotar por su subconsciente desde que la viera.
Miró a Connor, que medía la luz con ese pequeño aparatito que siempre
utilizaba, y terminaba de colocar los reflectores y los flashes.
¿Qué
estaría pasando por su cabeza?
Volvió a
prestar atención al decorado. No solo el sofá en el que estaba sentado
Showalter evocaba escándalo, el diván transmitía pura perversión. Una cama, con
postes en cada esquina, terminaba de completar el cuadro de tentaciones.
Contuvo
el aliento. Su amigo tenía que haber encargado todos aquellos muebles y
contratado a un decorador para que transformara su lugar de trabajo en una
habitación que combinaba dolor y placer a partes iguales. Los tres muebles
estaban separados unos de otros, cada uno constituyendo un escenario distinto,
pero formando parte de un todo. Isolda se mordió los labios, demasiado alterada
para mantenerse en pie, y se sostuvo sobre uno de los trípodes sintiendo que le
ardía el vientre. Connor hizo un par de pruebas y luego se volvió hacia ella,
tendiéndole la mano.
—¿Empezamos?
«¿Qué es
lo que vamos a hacer?».
Encontró
muy explícita aquella inocente pregunta. En lugar de invitarla a participar en
una sesión de fotografía, parecía pedirle que se adentrara en un oscuro mundo
repleto de placeres.
Se quitó
la bata y cogió la mano de Connor.
Se le
erizó la piel cuando él la condujo hacia Showalter y, a medida que se
aproximaba al chéster, el calor que manaba del modelo comenzó a acariciarle la
piel. Él dejó el periódico a un lado, sobre un brazo, y la miró mientras se
acercaba.
Lo hizo
con lentitud, de abajo arriba, deteniéndose en cada parte de su anatomía sin
molestarse en disimular que lo que veía era de su agrado. Isolda experimentó un
agudo anhelo y cuando los ojos de Showalter se encontraron con los de ella, en
silencio le pidió que nunca dejara de mirarla así.
Desde LecturAdictiva damos las gracias a Patricia Marín por la presentación.