Los recuerdos se agolparon en su
cabeza. Se vio a sí misma mirando cómo las lavaba Samuel mientras ella
esperaba, paciente, a que terminase para empezar el proceso de confitarlas. Él
estaba a punto de cumplir los catorce años y ya llevaba casi tres de aprendiz
con Sebastián. Estaba creciendo tan rápido que sus brazos y sus piernas
parecían demasiado largos para el cuerpo. Pese a ello, María era un poco más
alta que él y le tomaba el pelo a la menor ocasión.
Aquel día habían ido los dos a recoger
las grosellas y las estaban lavando en el patio de la casa de Samuel. Juana, la
antigua criada de los Boudreaux, les había dejado la cocina tras amenazarles
con asarles vivos si estropeaban algo en su lugar de trabajo. Pura
fanfarronada, ellos sabían que ella era incapaz de matar a una mosca.
Ese día se fijó por primera vez en
los dedos largos y bien formados de su amigo. Hasta aquel momento no se había
dado cuenta de lo cambiadas que estaban sus manos y, mientras lo veía limpiar
aquellos pequeños frutos, se preguntó si ya serían más grandes que las suyas y
deseó tocarlas.
Fingiendo querer ayudarle, se
agachó para meter las manos en la palangana. Durante un rato se limitó a
limpiar las pequeñas esferas, pero cuando apenas quedaba una docena, se atrevió
a tocarle bajo el agua. Al principio Samuel no hizo nada, pero luego apartó la
mano, como si le hubieran pinchado. Miles de gotas salieron despedidas y
motearon las piedras del suelo. Desconcertada y un poco avergonzada, María
terminó de lavar la fruta, sin volver a rozarle, ni siquiera por accidente.
Cuando estaba a punto de sacar las
manos, notó una pequeña caricia y miró al agua. Bajo la superficie
transparente, los dedos fríos y rugosos de Samuel volvieron a tocar su mano;
esta vez, fue ella la que casi la retira. Decir que fue como un pinchazo no era
correcto; más bien había sido como tocar la llama de una vela.
No se había atrevido a mirarlo a
los ojos; se conformó con observar cómo se exploraban los dedos, con una mezcla
de timidez y audacia. Definitivamente, la mano de Samuel era más grande. Sus
dedos resiguieron los de su amigo, como si quisieran comprobar el tamaño o
aprenderse su orografía de memoria. Con cada roce, María notaba que su corazón
redoblaba el ritmo, hasta que temió que le estallara, agotado. Toda su piel
hormigueaba, ansiosa, esperando... en aquel momento desconocía qué. No podía
apartar las vista de aquellas manos que danzaban bajo el agua, acariciándose,
entrelazadas. Parecían no pertenecerles, como si fueran ajenas a sus cuerpos;
criaturas con voluntad propia.
Cuando las yemas se les encallaron
por haber estado demasiado tiempo en el agua, se resignaron a terminar aquella
experiencia recién descubierta y, un tanto azorados, habían recogido la fruta
abandonada en la cesta para entrar en la cocina.
Desde LecturAdictiva damos las gracias a Pilar Cabero por la presentación.