domingo, 29 de enero de 2017

El rincón del escritor: Marta Sebastián nos presenta Sueño de cristal

Antía se mira en el espejo y no se reconoce. Su rostro sigue marcado por la paliza que le ha dado su novio. 
Antía se mira en el espejo y ya no sabe quién es. Aún no se cree que su madre haya estado toda su vida engañándole sobre su padre. 
Es hora de cortar con todo, de dejar su Galicia natal, de viajar a Madrid en busca de su padre y, quizás, por el camino, encontrarse a si misma y conseguir volver a confiar en las personas y en el amor.











Ficha del libro





La protagonista nos habla de la novela:

Hola, me llamo Antía. Toda mi vida he vivido en un pequeño pueblo de Galicia. Soy hija de madre soltera. Mi padre nos abandonó cuando se enteró de que mi madre estaba embarazada. Al menos eso creía.
En sólo unos días mi mundo se ha derrumbado. No puedo ni mirarme en el espejo. Mi rostro está completamente lleno de marcas por la paliza que me ha dado mi novio. Y mis ojos rojos de tanto llorar al descubrir que mi madre me ha mentido toda la vida.

Tengo miedo. Mucho miedo. Pero he tomado una decisión. Viajar a Madrid y buscar a mi padre. Necesito saber qué es lo que pasó. Y necesito volver a creer en mi y en las personas.



Una escena para abrir el apetito:

El baño estaba a oscuras. Miró fijamente el interruptor. Tenía miedo de encender la luz. Mientras estuviera a oscuras podría seguir creyendo que estaba en un sueño. O más bien en una pesadilla. Una horrible pesadilla que no sabía muy bien cómo había comenzado, ni sabía muy bien lo que había sucedido.
Tuvo que convencerse dos veces para no salir del servicio, ir a su habitación, meterse en la cama y dejar que pasaran los días, las semanas, incluso los meses. Solo quería correr, esconderse, huir de todo, de todos… Pero, sobre todo, huir de sí misma.
Cuando era pequeña y se dedicaba a jugar con sus amigos a magos, a brujos y demás seres fantásticos, ella siempre se pedía el poder de hacerse invisible. Siempre había deseado poder desaparecer, que nadie la viera, esconderse del mundo entero. Y ahora era precisamente lo que más deseaba. Si pudiera, si le quedara la voz, pediría a gritos (a quien fuera, ahora mismo no podía creer que existiera Dios), que eso no hubiera pasado, que ese día se pudiera borrar del calendario.
Pero sabía que no era posible. Que ese día no se podía borrar del calendario y que de eso no podía huir. Por mucho que ella lo quisiera, por mucho que ella lo deseara… No sabía qué podía hacer para mentirse a sí misma y creerse que eso no era más que un mal sueño. No sabía qué podía hacer y no lo sabía porque no existía nada.
Encendió la luz. El reflejo del espejo la asustó e invo-luntariamente, en un acto reflejo, volvió a dar al interruptor, apagando la luz. Un leve destello tiritó un poco en una de las bombillas, reacia a dejar de brillar, reacia a dejarla en la más cerrada oscuridad. Pero se estaba bien ahí. En la oscuridad podía fingir que nada había pasado. Podía sentarse en el frío suelo, cogerse las rodillas, cerrar los ojos y soñar que estaba en otro sitio. Lejos. Muy lejos de ese lugar y de ese tiempo. Muy lejos de sí misma.
Siempre había querido huir. Había algo dentro de ella que le impedía sentirse en casa. Algo que le hacía sentirse fuera de lugar. Siempre había soñado con irse, buscar ese lugar que sabía que era para ella. Pero nunca se atrevía. Siempre anclada. Siempre inmóvil.
Inmóvil se había quedado también varias horas antes. Incrédula. Incapaz de procesar lo que estaba pasando. No. No podía ser verdad. Y en cierto modo era así como lo había sentido. Era como si su mente abandonara su cuerpo, como si se elevara y ella viera la escena desde arriba. Y quería gritar que se moviera, que reaccionara. Pero su cuerpo no reaccionaba. Seguía inmóvil. Fija. Como un muñeco inerte. Sin vida.
Y ella, desde arriba, a mitad de camino del cielo, lo veía todo a cámara lenta. Como una pesadilla. Como un castigo cruel e injusto, para torturarla aún más. ¿Cuánto había durado? Ella había sentido que habían pasado horas, días incluso. Una eternidad.
Una lágrima se deslizó por su mejilla. Estiró el brazo para coger un poco de papel higiénico y, al ir a cerrar el puño para cogerlo, un calambre de dolor le recorrió cada rincón de su mano y un leve chillido salió de sus labios. Se tocó una mano con la otra, la tenía hinchada. Tendría que vendársela. Se puso de nuevo de pie, lentamente, con dificultad. Y encendió la luz.
Había cerrado antes los ojos. Suspiró. No quería abrirlos. Si los abría, si se veía en el espejo, todo se haría real, la pesadilla dejaría de ser un mal sueño y se convertiría en una realidad, en un horrible recuerdo. Pero lo tenía que hacer. Abrió los ojos. Y se miró.
Tuvo que mirar dos veces para reconocerse a sí misma. Contempló un rostro que no conocía, unos ojos que la miraban vacíos. Contempló su ojo izquierdo, hinchado, amenazando con ponerse negro. Esa había sido la segunda hostia. Se la había propinado mientras ella, aún en estado de shock, no había podido reaccionar y protegerse el rostro. La primera le había roto el labio. Aún sangraba algo. Y la sangre se había mezclado con el polvo del suelo al que la había tirado él cuando, harto de que ella se protegiera o al menos lo intentara, la había estampado contra la pared y luego había caído al suelo de un tirón.
Levantó la mano que no le dolía y tocó su reflejo. Ese pelo revuelto. Ese labio partido. Ese golpe en el pómulo que en poco tiempo se pondría negro. Después se atrevió a tocarse el rostro, no el reflejo. Tenía, también, una herida en el pómulo. El rímel de los ojos se le había corrido. Abrió el grifo y empezó a limpiarse el rostro, a quitarse los restos de rímel de la cara. Frotándose la cara con más fuerza de lo habitual. Necesitaba limpiarse el rostro, lo ansiaba. Se hizo daño en la mano y en la mejilla. Pero no le importaba. Necesitaba limpiarse. Tenía que hacerlo.
Volvió a mirarse en el espejo. No quedaba rímel en el rostro. Pero era lo único que había desaparecido. El labio seguía roto. La herida de la mejilla seguía allí. El golpe se oscurecía por segundos. Abrió el armario donde tenían el botiquín. Cogió una venda y esparadrapo. Al mirarse la mano se fijó en la manga de su chaqueta. Rota. Y al contemplarla, el tiempo pareció volver hacia atrás. Estaban en el callejón. Él gritaba. No sabía por qué. Gritaba. Gritaba cada vez más fuerte. Y ella no entendía lo que decía. Intentó irse. Incluso le había dicho que hablarían cuando se tranquilizara. Y de pronto él la había cogido de la chaqueta y había tirado de ella. Oyó cómo se rajaba.
─Me has roto la chaqueta.
─No va a ser lo único que te rompa como sigas así.
La frase la inmovilizó. Lo miró y no lo reconoció. El primer golpe se estampó contra la pared, a unos centímetros de su rostro. Las piernas le temblaron. Y cuando el segundo golpe le dio en el rostro, intentó revolverse hacia él para soltarse. Él le estrelló la muñeca contra la pared. Seguía gritando. Había muchos gritos. No recordaba cuánto había durado. Solo que cuando él se fue, dejándola tirada en el callejón, sentía el sabor de la sangre que le llenaba la boca. Era tan extraño. La sensación de haberse salido de su cuerpo y, a la vez, un extraño vacío en la memoria. ¿Un método de autodefensa?
Se vendó la mano con fuerza. Y, de pronto, oyó cómo se abría la puerta de la calle. Debía ser su madre. Buscó rápidamente su neceser y empezó a buscar el maquillaje. Su madre no podía verla así. ¿Qué le iba a decir? ¿Cómo le podía explicar lo que le había pasado? Cerró los ojos. Incluso dejó de respirar. Quizás si se quedara callada… Ilusiones, estúpidas ilusiones.
─¿Antía, estás en casa?
─Sí mamá, en el baño. Ahora salgo.
Con las prisas se le cayó el corrector. Se agachó de golpe para recogerlo. Esta vez el calambre le recorrió la parte izquierda de su tronco y no pudo ahogar el grito. Se levantó la camiseta. Tenía toda esa parte de un rojo intenso. Oyó a su madre al otro lado de la puerta.
─¿Estás bien?
─Sí, no te preocupes.
Su madre no le hizo caso y abrió la puerta. Silencio. Sus miradas se cruzaron. Su madre la miró de arriba abajo. Seria. Muda. Inmóvil.
─¿Qué te ha pasado?
─Yo… Roberto…
¿Cómo decírselo? Su madre adoraba a su novio. Llevaban juntos tres, casi cuatro, años. Y él siempre había cumplido el papel del yerno perfecto. Todas sus amigas le decían que era el novio perfecto: guapo, divertido, atento… Pero no era así. Era la primera vez que le pegaba, pero su relación había estado manchada y llena de violencia en demasiadas ocasiones.
─¿Qué has hecho?
Se quedó de piedra. Tenía que haber entendido mal. Alzó la mano vendada en un gesto involuntario para colocarse el pelo mientras pensaba qué decir, cómo explicarle a su madre lo que le había pasado. Pero su madre se adelantó.
─Anda, lávate la cara y vete a la cama. Mira que eres exagerada y delicada, que vas y te vendas la mano. Si es que te lesionas con cualquier cosa. Voy a preparar la cena.

Su madre se marchó dejándola quieta en mitad del baño. Sin saber qué era lo que había pasado. Sin comprender nada. Se fue directamente a su habitación. Mecánicamente se cambió de ropa y se puso el pijama. Luego se sentó en la cama. Una lágrima volvió a aparecer y se la secó rápidamente. La reacción de su madre la había dejado helada. «¿Qué has hecho?». No recordaba cómo había empezado la discusión. Quizás había sido por su culpa. ¿Realmente había sido una exageración vendarse la mano? Le dolía. Le dolía mucho. Se tumbó en la cama y, sin darse cuenta, sin pensarlo, se fue haciendo un ovillo. Sentía un frío terrible. Un frío que procedía de su interior. El frío que siente quien se apaga por dentro.


Desde LecturAdictiva damos las gracias a Marta Sebastián por la presentación.


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