domingo, 25 de diciembre de 2016

El rincón del escritor: Yolanda Quiralte nos presenta Sotto Voce

Hay besos que pueden cantarse a Sotto Voce.
Pablo Castellanos pensó que nada más podía salirle mal cuando la loca con gripe a la que había ayudado, atendido y recogido en el avión desapareció de su casa de Roma sin haberle dado las gracias. Por si fuera poco, le habían anulado la audición de su vida con el agente más famoso del mundo de la lírica.
A Marina las cosas tampoco le iban demasiado bien. Una gripe, un desconocido desnudo, un secuestro del que había escapado y varios días en la inopia en un misterioso piso de Roma habían conseguido que regresara a Valencia confundida y desconfiada.
Y en medio de todo esto… mucha mistela, óperas, una secretaria divertida, un genio de la lírica reconvertido en el mejor mánager del mundo y una niña pequeña con Síndrome de Down.






Ficha del libro




Los personajes nos hablan de la novela:

Me llamo Pablo Castellanos  y soy el protagonista masculino de SOTTO VOCE. De todos los personajes con los que Yolanda ha trabajado, soy quizá el más inseguro, aunque antes muero que lo admito. Soy un cantante lírico de treinta años, valenciano, que llevo mucho tiempo trabajando para conseguir mi gran sueño: una audición con Tom Soler, el mayor barítono de su tiempo convertido ahora en un prestigioso representante de músicos. Pero… justo cuando estoy a punto de conseguirlo, aparece una mujer en mi vida que me hará replantearme todos mis deseos.

No puedo resistir los ojos verdes de Marina. Me perturban, atraen, molestan y excitan a partes iguales. Desde el primer instante, Marina resulta todo un desafío para mi. No puedo comprender por qué siento la necesidad de estar cerda de ella a pesar de que me cae tan mal. O… eso quiero creer, porque en realidad, jamás, en toda mi vida, he sentido algo similar por nadie. 


El calor de la churrería Santa Catalina me invade. Llevo varias noches sin dormir, cobijado en el aeropuerto de París, ciudad, donde he estado cantando junto a Tom. Estoy entumecido, quizás algo triste y hasta melancólico. Demasiados días sin verla, demasiado tiempo sin besarla, tocarla e incluso demasiado tiempo sin discutir con ella. Tanto, que hasta percibo su perfume ahora mismo…

—¡Pablo, Tom! ¿Cuándo habéis llegado?

Maldita sea, no había sido solo una percepción…


***

Soy Marina y no lo he tenido fácil en la vida. Pasé mi niñez en una residencia para menores donde Tom Soler me descubrió. El amor por la música nos unió, fue algo similar a un flechazo. Él, un hombre solitario apasionado de su trabajo, yo, una niñita que amaba tocar el piano. Una beca patrocinada por Tom, mil conciertos por el mundo y la oportunidad de ser felices…hasta que llegó Alma. Ese es el punto de incisión en mi vida, la llegada de mi hija. Una niña muy especial que hará que los lectores se enamoren de ella porque Alma lo cambia todo. A su abuelito, Tom, a mí como mamá y a todo el mundo que nos rodea…

Pablo Castellanos es imbécil. Lo tengo clarísimo desde el primer instante en que puso sus ojos color caoba sobre mí. Menudo incordio de persona. Si por mí hubiera sido, jamás habría formado parte de la agencia, pero Tom dice que es bueno, que es un gran cantante lírico y que llegará a ser el mejor barítono de su época. Por eso le aguanto. Porque no tengo más remedio. Por eso y nada más. Desde luego nada tiene que ver el hecho de que me vuelva loca solo con mirarle, ni estos impulsos de trastornada que solo me susurran que le bese. ¿Su peor rasgo? Sin duda la forma en que me mira. Si sigue haciéndolo de ese modo tan irreverente, es más que probable que… me lance en sus brazos. ¿Veis? ¡Si es que no lo puedo soportar!

Pablo no debería estar metiéndose con Piolín, ¡es un gran coche! ¿Qué le importará a él que tenga treinta y pico años y que no arranque a la primera? Juro que si vuelve a llamarle “pollo”, yo misma le atropello… ¿o le beso? Porque así, cabreado bajo la lluvia mientras intenta encontrar la avería que no nos deja arrancar… No, mejor le atropello… a besos. ¡Ay! ¡¡Pensamientos destructores, fuera!!



Una escena para abrir el apetito:

—¿Estás segura de que va a arrancar con esta humedad? Tu pollo debe tener al menos treinta años.
—Treinta y dos para ser exactos —apuntó metiendo la llave en la ranura—. Es de los últimos que se fabricaron, lo compré de segunda mano hace unos ocho o nueve, cuando me saqué el carnet de conducir. ¿No es ideal mi Piolín?
—Ya te digo —musitó intentando acomodar sus largas piernas en el reducido espacio—. Esto es diminuto. No sé dónde poner los brazos.
Pablo estaba enredado consigo mismo en una especie de ocho, lo que consiguió hacer reír a Marina.
—Dime dónde vives.
—Me llevaste a casa el otro día. Tienes mala memoria.
—Sí, pero te dejé en la zona de Cánovas, no en tu casa. Si quieres te suelto en medio de la calle. Mira cómo llueve —sonrió, irónica.
Pablo suspiró, cosa que hizo que Marina pensara durante un micro segundo que estaba guapo cuando lo hacía.
—Calle Ciscar. Ya te voy diciendo —dijo—. ¿Qué, no arranca?
Empezaba a encontrar entretenido fastidiarla.
A Marina le habría gustado darle un bofetón en toda la cara por el tono impertinente, pero concentró su atención en Piolín. Nunca la había dejado tirada, no iba a ser tan traidor como para hacerlo justo cuando él estaba dentro.
—Es por la humedad —sentenció—. A veces le pasa. Nada que el estárter no pueda solucionar —explicó tirando de él. El coche se puso en marcha enseguida.
—Vaya, había olvidado lo que es tecnología punta —murmuró Pablo riendo entre dientes.
Marina le miró de reojo. No se lo estaba poniendo nada fácil para disculparse por lo de la reunión de la mañana. Cada vez tenía más claro que eran incompatibles del todo y en todo, pero al menos debía intentarlo por el bien de la agencia.
—¿Qué tal ha ido el ensayo? —se lanzó intentando ser amable.
Él pensó que definitivamente era tonta de remate. ¿Qué tal el ensayo? ¿Cómo le preguntaba por eso cuando había estado allí y había visto que el pianista le había parado cada fraseo?
«Muy bien, no te jode».
—¡Eh, «guapo», solo intentaba mantener una conversación agradable!
«Mierda». O dejaba de pensar en voz alta o iba a volverse loco. Decidió actuar con sorna.
—¿Así que te parezco «guapo»?
¿Era idea de Marina o aquello era una conversación de sapos?
—Para nada. Solo es una coletilla. No seas creído.
—Nunca he sido creído. ¿Qué te hace pensar eso, «guapa»?

Un rayo láser verde le calcinó. ¿Cómo podía mirarle de esa forma?



Desde LecturAdictiva damos las gracias a Yolanda Quiralte por la presentación.





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